7.10.2010

La naturaleza está ya muy cansada, escribió el fraile español Luis Alfonso de Carvallo. Fue en 1695. Si nos viera ahora, una gran parte del mapa de España se está quedando sin tierra. La tierra se va y más temprano que tarde, entrará arena por las rendijas de las ventanas. De los bosques mediterráneos, queda en pie un 15%. Hace un siglo, los boques cubrían la mitad de Etiopía, que hoy es un vasto desierto. La amazonia brasileña ha perdido florestas del tamaño del mapa de Francia.
En américa central, a este paso, pronto se contarán los árbol como el calvo cuenta sus pelos. La erosión expulsa a los campesinos de México, que se marchan del campo o del país.
Cuanto más se degrada la tierra en el mundo, más fertilizantes y pesticidas hay que usar. Según la Organización Mundial de la Salud, estas ayudas químicas matan a tres millones de agricultores por año. Como las lenguas humanas y las humanas culturas, van muriendo las plantas y los animales.
Las especies desaparecen a un ritmo de tres por hora, según el biólogo Edward O. Wilson; y no sólo la deforestación y la contaminación, la producción en gran escala, la agricultura de exportación y la uniformización del consumo están aniquilando la diversidad. Cuesta creer que hace apenas un siglo había en el mundo más de 500 variedades de lechuga, y 287 tipos de zanahoria; y 220 variedades de papa, sólo en Bolivia.
Se pelan los bosques, la tierra se hace desierto, se envenenan los ríos, se derriten los hielos de los polos y las nieves de las altas cumbres. En muchos lugares la lluvia a dejado de llover, y en muchos llueve como si se partiera el cielo. El clima del mundo está para el manicomio. Las inundaciones y las sequías, los ciclones y los incendios incontrolables son cada vez menos naturales, aunque los medios insisten, contra toda evidencia, en llamarlos así. Y parece un chiste de humor negro que las Naciones Unidas hayan llamado a los años 90 "La década internacional para la reducción de los desastres naturales". ¿Reducción? Ésa fue la década más destrastroza: Hubo 86 catástrofes, que dejaron 5 veces más muertos que los muchos muertos de las guerras en ese período. Casi todos, el 96% para ser precisos, murieron en los países pobres, que los expertos insisten en llamar "países en vías de desarrollo".
Con devoción y entusiasmo, el sur del mundo copia, y multiplica, las peores costumbres del norte, y del norte no recibe las virtudes, sino lo peor. Hace suya la religión norteamericana del automóvil y su desprecio por el transporte público, y toda la mitología de la libertad de mercado y la sociedad de consumo. Y el sur también recibe, con los brazos abiertos, las fábricas más cochinas, las más enemigas de la naturaleza, a cambio de salarios que dan nostalgia de esclavitud. Sin embargo, cada habitante del norte consume, en promedio, diez veces más petróleo, gas y carbón; y en el sur sólo una de cada cien personas tiene auto propio. Gula y ayuno del menu ambiental: el 75% de la contaminación del mundo proviene del 25% de la población. Y en esa minoría no figuran, bueno fuera, los mil doscientos millones que viven sin agua potable, ni los mil cien millones que cada noche se van a dormir sin nada en la barriga. No es "la humanidad" la responsable de la devoración de los recursos naturales, ni de la pudrición del aire, la tierra y el agua. El poder se alza de hombros. Cuando este país deje de ser rentable, me mudo a otro.

Las empresas petroleras Shell y Chevron han arrasado el delta del río nigeria. El escritor Ken Saro-Wiwa, del pueblo Ogoni de Nigeria lo denunció en un libro publicado en 1992. "Lo que la Shell y la Chevron han hecho al pueblo Ogoni, a sus tierras y a sus ríos, a sus arroyos, a su atmósfera, llega al nivel del genocidio. El alma del pueblo Ogoni está muriendo y yo soy su testigo". Tres años después, a principios de 1995, el gerente general de la Shell en Nigeria, Naemeka Achebe, explicó así el apoyo de su empresa a la dictadura militar que exprime a este país: "Para una empresa comercial que se propone realizar inversiones, es necesario un ambiente de estabilidad. Las dictaduras ofrecen eso". Unos meses más tarde, a fines del 95, la dictadura de Nigeria ahorcó a Ken Saro-Wiwa. El escritor fue ejecutado junto con otros ocho ogonis, también culpables de luchar contra las empresas que han aniquilado sus aldeas y han reducido sus tierras a un vasto yermo. Y muchos otros habían sido asesinados antes por el mismo motivo. El presitigio de Saro-Wiwa dio a este crimen cierta resonancia internacional... El presidente de Estados Unidos declaró entonces que su país suspendería el suministro de armas a Nigeria. Y el mundo lo aplaudió. La declaración no se leyó como una confesión involutaria, aunque lo era: el presidente de EEUU reconocía que su país habia estado vendiendo armas al régimen carnicero del general Sani Abacha, que venía ejecutando gente a un ritmo de cien por año, en fusilamientos o ahorcamientos convertidos en espectáculos públicos. Un embargo internacional impidió después que ningún país firmara nuevos contratos de venta de armas a Nigeria, pero la dictadura de Achaba continuó multiplicando su arsenal gracias a contratos anteriores y a las adendas que por milagro se les agregaron, como elixires de la juventud, para que esos viejos contratos tuvieran vida eterna. Los Estados Unidos venden cerca de la mitad de las armas del mundo y compran cerca del petróleo que consumen. De las armas y del petróleo dependen, en gran medida su economía y su estilo de vida. Nigeria, la dictadura africana que más dinero destina a los gastos militares, es un país petrolero. La empresa anglo-sakjona Shell se lleva la mitad, pero la estadounidense Chevron arranca a Nigeria más de la cuarta parte de todo el petróleo y el gas que explota en los 22 países donde opera. El precio del veneno Nnimmo Bassey, compatriota de Ken Saro-Wiwa, visitó tierras latinoamericanas al año siguiente del asesinato de su amigo y compañero de lucha en su diario de viaje. Cuenta instructivas historias sobre los gigantes petroleros y sus impunes devastaciones. En Curaçao, frente a las costas de Venezuela, la empresa Shell erigió en 1918 una gran refinería, que desde entonces viene echando humos venenosos sobre la pequeña Isla. En 1983, las autoridades locales mandaron parar. Sin incluir los perjuicios a la salud de los habitantes, que son de valor inestimable, los expertos estimaron en 400 millones de dólares la indemnización mínima que la empresa debía pagar para que la refinería continuara operando. La Shell no pagó nada, y en cambio compró impunidad a un precio de fábula infantil: vendió su refinería al gobierno, por un dólar, mediante un acuerdo que liberó a la empresa de cualquiera responsabilidad por los daños que había infligido al medio ambiente en toda su jodida historia.

Tiempos del miedo. Vive el mundo en estado de terror, y el terror se disfraza: dice ser obra de Saddam Hussein, un actor ya cansado de tanto trabajar de enemigo, o de Osama Bin Ladden, asustador profesional... Pero el verdadero autor del pánico planetario se llama mercado. Este señor no tiene nada que ver con el entrañable lugar del barrio donde uno acude, en busca de frutas y verduras. Es un todo poderoso terrorista sin rostro, que está en todas partes, y cree ser eterno. Sus numerosos intérpretes anuncian: "El mercado está nervioso", y advierten "no hay que irritar al mercado", su frondoso prontuario criminal lo hace temible. Se ha pasado la vida robando comida, asesinando empleos, secuestrando países y fabricando guerras.
Cada vez que el mercado da la orden, la luz roja de la alarma parpadea en el peligrosímetro, la máquina que convierte toda sospecha en evidencia. Las guerras preventivas matan por las dudas, no por las pruebas. Ahora le toca a Irak. Otra vez ese catigado país ha sido condenado. Los muertos sabrán comprender: Irak contiene la segunda reserva mundial de petróleo, que es justo lo que el mercado anda precisando para asegurar combustible al despilfarro de la sociedad de consumo.

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